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Autonomía

Probablemente una de las convicciones prácticas más profundas en nuestras sociedades contemporáneas es que la felicidad de los seres humanos tiene que ver con su autonomía y su emancipación. Esta es una afirmación que requiere, por supuesto, considerable refinamiento y debe ser hecha mucho más precisa para ser evaluada. Hay múltiples causas histórico-sociológicas que pueden explicar cómo es que la autonomía ha llegado a ser un valor central. Son múltiples, también, las corrientes de pensamiento que han confluido para convertir estas ideas en lugares comunes. Lo que interesa aquí, sin embargo, no es hacer un examen histórico, ni intentar una reconstrucción explicativa. Lo que interesa es: (i) precisar qué significa esta tesis, lo que supone clarificar qué es lo que la tesis implica y qué es lo que no implica; y (ii) si hay motivos para pensar que es verdadera. Se verá, también, que en el breve espacio que se le dedica aquí lo que se presentará será casi un esquema impresionista de lo que debería ser un examen detallado y muchísimo más paciente. Finalmente se aceptará que la autonomía parece ser necesaria para la felicidad, pero no parece razonable pensar que la felicidad consiste simplemente en la autonomía. Si se trata de saber qué es la felicidad de manera positiva, este escrito no podrá ofrecer sino preguntas todavía pendientes.

1. La tesis débil y la tesis fuerte

Podría no verse inmediatamente la conexión entre felicidad y autonomía, pero se apreciará esta conexión si se atiende a una conexión negativa. Se ha dicho, por ejemplo, que lo que provoca la infelicidad en las personas humanas son las ‘represiones’ por las que se les impide expresar libremente sus pulsiones más íntimas. Se ha dicho, también, que lo que hace que las personas humanas no sean felices son diferentes formas de ‘alienación’ a las que se ven sometidas por ‘estructuras de poder’ que les impiden ‘ser ellas mismas’. Las ‘estructuras de poder’ en cuestión son instituciones jurídicas, sistemas económicos o simplemente doctrinas que ‘condenan’ ciertas conductas como moralmente reprochables. Lo que hace que los seres humanos sean infelices son los ‘dispositivos’ mediante los cuales esas personas se ven ‘sometidas’ y se las obliga a ‘abdicar’ de sí mismas. No es raro que estos alegatos estén unidos a formas de la filosofía ‘de la sospecha’. Cuando alguien alega la necesidad de instituciones fuertes o la necesidad de la existencia de algún tipo de ‘orden’, se sospecha que tales alegatos deben ser –últimamente– imposturas, ideología, mentiras útiles para someter y reprimir.

Se pueden aquí distinguir, por lo menos, dos tesis diferentes que serán denominadas ‘la tesis débil’ y ‘la tesis fuerte’. La tesis débil sostiene que la autonomía es una condición necesaria para una vida feliz. Esto es:

Tesis débil: si la vida de una persona es una vida feliz, entonces esa persona debe ser autónoma.

Esta tesis puede ser contrastada con una tesis fuerte donde no sólo se trata de que la autonomía es una condición necesaria para que una vida sea feliz, sino que –por decirlo de algún modo– la autonomía es aquello en que consiste la felicidad. Aquí, si una vida tiene autonomía, entonces es una vida feliz y si es feliz, entonces tiene autonomía.

Tesis fuerte: la vida de una persona es una vida feliz si y sólo si esa persona es autónoma.

Es obvio, también, que se requiere mucho más para justificar la tesis fuerte que para justificar la tesis débil.

Si la autonomía tiene o no relevancia para que una vida humana sea feliz, es indispensable alguna claridad sobre qué sea la felicidad. En la tradición filosófica se ha discutido si la felicidad coincide con la virtud o debe ser entendida como una actividad ‘del alma’ en conformidad con la virtud. Se ha discutido también si la búsqueda de la felicidad es la primera obligación moral de un sujeto racional y libre, o bien si su búsqueda es moralmente irrelevante. Para algunos un sujeto racional debe simplemente cumplir con la ley moral y si esto trae consigo la felicidad es otra cuestión que no incide en la obligatoriedad de la ley. En contraste con este punto de vista, otros han sostenido que todas las obligaciones morales surgen debido a su carácter necesario para la consecución de la felicidad. Por supuesto, ninguna de estas cuestiones puede ser tratada aquí. Se utilizará un concepto ‘mínimo’ de felicidad, de la suficiente generalidad para permanecer neutrales respecto de estos problemas de fondo. Se considera la felicidad como el estado de una persona cuando sus deseos, gustos, anhelos o preferencias han sido satisfechos. Se considera, también, que tal estado puede ser caracterizado como gozo, alegría o satisfacción. No parece que un estado de satisfacción momentáneo y pasajero pueda ser llamado propiamente “felicidad”. Normalmente atribuimos o negamos la felicidad de vidas humanas completas y, correlativamente, de ciertos estados mentales relativamente estables que, o bien garantizan, o bien hacen posible los estados de gozo, alegría y satisfacción. La felicidad será, por lo tanto, caracterizada como el estado estable de gozo, alegría y satisfacción de una persona (racional y libre) al ver sus anhelos y preferencias satisfechos.

La autonomía de un sujeto racional podría ser caracterizada, al menos en principio, como la capacidad de tal sujeto de decidir libremente qué hacer. Si se trata de un sujeto libre, sin embargo, esto parece trivial, pues siempre –haga lo que haga– sus decisiones respecto a qué hacer serán sus propias decisiones. Ningún sujeto racional carecería nunca de autonomía, por lo que difícilmente se podría apelar a la autonomía como a un factor determinante para la felicidad de las personas. Interesa, por lo tanto, discriminar entre diferentes tipos de actuaciones libres de una persona. Al decidir actuar un sujeto racional debe tener en cuenta sus propias preferencias, anhelos y deseos, junto con información acerca de cómo está constituido el mundo y qué tipo de actividades pueden realizarse y cuáles no, qué actividades son efectivas para satisfacer ciertas preferencias y qué actividades no lo son. Dentro de estos factores que debe tener en consideración se encuentran las preferencias de otras personas. La noción de ‘autonomía’ que interesa es la capacidad de una persona de decidir libremente qué hacer para satisfacer sus propias preferencias, deseos o anhelos. Un sujeto racional carecerá de autonomía –o tendrá menos autonomía– cuando sus decisiones libres no puedan estar dirigidas a satisfacer sus preferencias, deseos o anhelos. Un esclavo debe actuar de acuerdo a las preferencias de su amo, por ejemplo. El esclavo tomará decisiones libres, pues se trata de una persona que no puede sino actuar de acuerdo a sus decisiones intencionales, pero en estas decisiones debe siempre sopesar los costos de los castigos que sufriría si desobedece y, por ello, debe asignar una prioridad alta a preferencias que no son las suyas.

Fácilmente se puede ver, dadas estas caracterizaciones, la verosimilitud de la tesis débil. La felicidad es el estado de gozo, alegría y satisfacción de una persona al ver sus anhelos y preferencias satisfechos. La autonomía de un sujeto es su capacidad de decidir libremente qué hacer para satisfacer tales anhelos y preferencias. No se ve cómo podría un sujeto satisfacer libremente sus preferencias, entonces, si no tuviera la capacidad de decidir libremente qué hacer para satisfacer sus preferencias. La tesis débil parece, entonces, obvia.

La única excepción para la tesis débil, esto es, para la tesis según la cual la autonomía es un requisito necesario para la consecución de la felicidad de una persona (racional y libre), sería el caso de que un sujeto viese sus preferencias satisfechas por una afortunada coincidencia exterior. Se trataría de una vida en donde todas las preferencias de un sujeto fuesen inmediatamente satisfechas sin necesidad de que ese sujeto deba realizar ninguna decisión libre. Hay motivos para pensar, sin embargo, que una vida semejante no sería una vida feliz. Supóngase que un grupo de científicos hubiese descubierto un modo de conectar directamente los nervios aferentes y eferentes de nuestro encéfalo a una super-computadora que pueda replicar los estímulos que tenemos en experiencias conscientes. Este grupo de científicos puede hacer que un ser humano tenga experiencias placenteras o dolorosas de cualquier tipo. Supóngase que le ofreciesen a alguien conectarse a la super-computadora por el resto de su vida para tener solamente experiencias placenteras y ningún dolor, con la condición de que nunca más podrá desconectarse. Quien acepte el trato queda, hasta su muerte, sujeto simplemente a recibir de manera pasiva las sensaciones placenteras que el grupo de científicos tenga a bien proporcionarle. Supóngase, además, que un grupo de inspectores cuidará que el trato sea cumplido cabalmente por los científicos, que no se haga ningún daño al organismo de la persona en cuestión y que no se le haga experimentar sino sensaciones agradables. Uno podría, por lo tanto, estar confiado de que el trato será cumplido por los científicos. ¿Estaría uno dispuesto, sin embargo, a aceptar este trato? ¿Estaría uno dispuesto a renunciar de este modo a su propia libertad? La intuición generalizada es que una vida semejante sería indigna de una persona y que no sería una vida feliz. Puede ser instructivo reflexionar un poco acerca de las intuiciones que se ponen de manifiesto en un caso como éste. Pareciese, de entrada, que el objetivo de nuestras acciones libres es obtener el gozo, alegría o placer que trae consigo la satisfacción de nuestras preferencias, por lo que no debería existir ningún inconveniente con un mecanismo de generar tal gozo, alegría o placer sin necesidad del esfuerzo de nuestra libertad. La cuestión, sin embargo, es que –aún con el riesgo de tener que enfrentar el fracaso de nuestros proyectos– preferimos nuestra acción libre. Pareciese que es parte de nuestras preferencias el mismo ejercicio de la libertad. Lo que queremos no es simplemente el gozo de satisfacer nuestras preferencias sino el gozo de la acción en la que somos agentes. Todos estos son motivos para aceptar la tesis débil.

2. Completa autonomía

Aunque existan muchos motivos para aceptar la tesis débil, la situación es muy diferente con la tesis fuerte. En esta formulación es la autonomía aquello en que consiste la felicidad. En la tesis fuerte, una vida humana es feliz si y sólo si es autónoma. En realidad, un bicondicional de este tipo podría ser verdadero si es que la autonomía fuese dependiente de la felicidad que se da de manera independiente. Esto es, podría ser que la autonomía fuese simplemente un ‘resultado’ o ‘producto’ necesario que acompaña toda vida feliz. Lo que se pretende sostener, sin embargo, cuando se defiende la autonomía personal como el gran valor que debe ser perseguido y defendido no es esto. El bicondicional en cuestión no es verdadero porque siempre una vida feliz ‘trae consigo’ la autonomía de la persona, sino porque la autonomía en cuestión es la felicidad de esa persona. Pues bien, ¿qué motivos existen para pensar que la tesis fuerte es verdadera?

En primer lugar, uno podría sostener que las mismas intuiciones que han sido indicadas a propósito de la tesis débil deberían operar a favor de la tesis fuerte. Nos parece que una vida que ha hecho abdicación de su propia libertad, aunque esté rodeada de todos los placeres, no es una vida digna de una persona humana. Sin autonomía, esto es, sin la capacidad de decidir libremente qué hacer todos los placeres resultarían vanos. Los placeres por sí mismos parecen indiferentes para la felicidad. La autonomía, en cambio, no lo es. Siendo las cosas así, uno podría suponer que la felicidad consiste en tal autonomía. El problema es que esta línea de consideraciones no muestra que sea suficiente para la felicidad. Una persona podría ser perfectamente libre para realizar las acciones que conduzcan a satisfacer sus preferencias, podría incluso uno suponer que esa persona –por afortunada casualidad– siempre consigue todo lo que se propone, sin que, sin embargo, sea feliz. Puede suceder, en efecto que esa persona esté actuando en ignorancia de cuáles son realmente sus preferencias o, por lo menos, cuáles preferencias debe satisfacer para conseguir el gozo o alegría en que consista la felicidad. Alguien puede estar engañado al pensar que conseguir F es lo que traerá consigo gozo y alegría, y luego hallar que no es así. Su autonomía podría ser perfecta, pero insuficiente para la felicidad.

En segundo lugar, se podría tal vez sostener que la tesis fuerte debería ser admitida como una concepción ‘política’ de la felicidad. Esto es, se trataría de que una sociedad política debería funcionar asumiendo la tesis fuerte por razones de orden pragmático y no sustantivo. La sociedad política sólo puede tratar de establecer un esquema en el que cada sujeto persiga la satisfacción de las preferencias que le parezcan apropiadas. Un estado no puede pretender imponer a los miembros de la sociedad qué cosas deben o no preferir. Sólo puede buscar la eficiencia en la satisfacción de tales preferencias ya dadas. Así, desde un punto de vista político, la felicidad de los miembros de una sociedad –en lo que al estado concierne– se consigue simplemente con la mayor ampliación posible de la esfera de autonomía de esos miembros. Una concepción de este estilo estaría fundada en la neutralidad del estado respecto de qué constituya la felicidad en sentido sustantivo. El estado simplemente tendría como misión garantizar la posibilidad de que los ciudadanos puedan perseguir los proyectos de vida que cada uno quiera. Por supuesto, una concepción política de la felicidad de este tipo impone restricciones a la esfera de autonomía que se procure para cada persona. Si a una persona le es concedida una autonomía irrestricta, nada impide que como ejercicio de tal autonomía restrinja la libertad de las demás, pero estas limitaciones serán consideradas después.

Esta concepción política de la felicidad, sin embargo, no es una respuesta a las cuestiones de fondo. Se trata, en el mejor de los casos, de una estrategia retóricamente útil para lidiar con problemas en los que no existe consenso social generalizado. No parece, tampoco, que los estados estén organizados con concepciones de la felicidad semejantes. Garantizar ciertos niveles de educación para todos los miembros de una sociedad no parece tener que ver especialmente con ampliar la esfera de autonomía, por ejemplo. Tampoco parece tener que ver con el resguardo de una máxima esfera de autonomía individual la prohibición de la pedofilia. Más bien lo que sucede es que los sistemas políticos pueden conformarse en torno a grandes consensos acerca de aspectos de la plenitud humana (o felicidad) y, correlativamente, acerca de aquello que impide esa plenitud.

Una tercera línea de argumentación para defender la tesis fuerte destacaría la libertad como rasgo esencial de una persona y, en particular, de una persona humana. El rasgo característico de una persona sería la capacidad que tiene para decidir por sí misma qué tipo de persona quiere ser. Esto es, es propio de una persona el que no pueda sino ejercer su propia libertad. Al decidir libremente decide también quién es. El ser humano es una entidad que se destaca respecto de todas las restantes entidades por la necesidad con la que se ve llamado a auto-interpretarse y elegirse a sí mismo, al elegir qué acciones realizar. Tal como se ha indicado más arriba, esta capacidad para decidir libremente qué acciones realizar para satisfacer las propias preferencias y anhelos es lo que se ha denominado autonomía. Cuando se sostiene, entonces, la tesis fuerte según la cual la felicidad de una persona consiste en su autonomía simplemente se está enunciando que la felicidad de una persona consiste en la realización de aquello que esa persona es en su sentido más radical. La felicidad de una persona es tomar por sí misma su propia vida y darle la ‘interpretación’ que quiera, configurando esa vida libremente.

Pareciese que ésta es la motivación central para defender el valor central de la autonomía y la emancipación, por lo que convendrá considerar esta línea de argumentación con un poco más de cuidado. Es crucial para esta argumentación que la felicidad de una persona debe ser la satisfacción de sus tendencias ‘naturales’. Esto es, hay una naturaleza propia de toda persona o, por lo menos, de toda persona humana y esa naturaleza determina la existencia de ciertas inclinaciones, deseos y anhelos. La naturaleza de una persona es su libertad, por lo que la realización de esa persona debería ser la plenitud de su autonomía. Algunas veces se ha sostenido que poseer una naturaleza es incompatible con la libertad. A pesar de las asociaciones que alguien pudiese sentido inclinado a hacer entre ‘naturaleza’ con algo ‘fijo’, ‘inmóvil’, ‘rígido’ y entre ‘libertad’ con ‘movilidad’, ‘dinamismo’, ‘flexibilidad’, no hay ningún problema con esto. La libertad es la capacidad para auto-determinarse a querer algo (dejando a un lado los debates tradicionales acerca de si la libertad implica o no la existencia de posibilidades abiertas al tomar una decisión), no es la completa falta de determinaciones o propiedades en un sujeto. Al contrario, la existencia de tal capacidad en una persona supone que posea una propiedad o una serie de propiedades que la hagan posible. No hay ningún problema en sostener que la naturaleza de una persona, en cuanto tal, sea la posesión de esas propiedades. El razonamiento, entonces, quedaría como sigue:

(i) La felicidad de una persona está constituida por la satisfacción de las preferencias a las que esté inclinada por su naturaleza.

(ii) La libertad/autonomía es la naturaleza de una persona.

(iii) Luego, la felicidad de una persona consiste en la plena realización de su autonomía.

Para muchos esta reconstrucción podría parecer una traición a ciertas motivaciones fundamentales de quienes defienden el carácter central de la autonomía y de la emancipación como valores morales y políticos. Justamente el proyecto consistiría en desechar las formas de dominio impuestas en nombre de una ‘naturaleza humana’ que haría poco menos que inevitable el que algunos sean dominados y otros estén en una posición de privilegio. En efecto, en ocasiones se ha hecho apelación a la ‘naturaleza’ para declarar que cierto tipo de seres humanos deben ser esclavos, pero esto no tiene que ver de por sí con la operación de la noción de ‘naturaleza’. Si se atiende a la forma en que se ha pretendido justificar la importancia de la libertad en una persona –por ‘fenomenologías’, ‘análisis existenciarios’, ‘hermeneúticas’ o ‘deconstrucciones’– se verá que no se quiere destacar un rasgo contingente de un ser humano que podría no tener. La libertad es central porque se asume que es aquello que más propiamente es un ser humano.

Si no se va a justificar la tesis fuerte por una argumentación de este estilo, ¿qué justificación puede tener? Algunos pueden creer que es lo único que cabe defender ante nuestra ignorancia respecto de qué sea lo que constituye la felicidad de las personas. Esto, sin embargo, es la concepción ‘política’ de la felicidad ya discutida. Otros pueden pensar que se trata de la única opción que queda si es que uno asume que no hay ninguna realidad objetiva no ‘construida’ por el sujeto o por la cultura. La felicidad también es objeto de una ‘construcción’ ya sea de la mente individual o de la sociedad y esta construcción será la libre ‘interpretación’ que cada uno dé de su propia vida. Es característico de este tipo de concepciones ‘constructivistas’ o ‘anti-realistas’ que la realidad depende de estados subjetivos: creencias, intenciones, emociones y decisiones libres. La importancia otorgada a la libertad es todavía mayor en estas concepciones, pues no sólo es lo que más propiamente constituye a un ser humano, sino que también tiene una función ontológica para la constitución de la realidad completa. No se trata, por lo tanto, de una línea de argumentación diferente de la que se ha presentado para la tesis fuerte.

3. Problemas de la autonomía completa

Una decisión libre es una decisión de hacer algo, de la que se sigue –eventualmente– cierto gozo o alegría. ¿Qué objeto tiene esa libertad que constituye una vida feliz? Lo más razonable es pensar que el objeto de la libertad que constituiría la vida feliz es la libertad misma. La libertad es la capacidad de decidir por uno mismo. Se podría sostener que la felicidad consiste precisamente en el gozo o alegría que se consigue con la extensión indefinida de esta capacidad o poder de satisfacer nuestras preferencias. Es decir, la felicidad sería lo que resulta del ejercicio de nuestra libertad que logra ampliar la esfera de esa libertad. Es poder que se ejerce para conseguir más poder. Hay, al menos, dos problemas con una concepción de este estilo: en primer lugar, es políticamente desastrosa; en segundo lugar, es ‘vacía’, en un sentido que se tratará de hacer preciso.

Políticamente no es posible que todos los miembros de una sociedad tengan una completa autonomía, pues si a alguien se le concediese el poder de hacer cualquier cosa, si algún miembro de la sociedad tiene un poder completo –cuyo objeto sea ampliar ese poder al infinito– ello sólo puede hacerse al costo del sometimiento de los restantes miembros de la sociedad. La felicidad, bajo esta concepción, consistiría en convertirse en un pequeño dios. Se trata de un programa luciferino. Dos o más pequeños dioses que pretenden expandir su poder al infinito inevitablemente chocarán entre sí. Resulta, entonces, que la tesis fuerte, lejos de ser apropiada para una concepción ‘política’ de la felicidad, es una bomba devastadora para cualquier proyecto de esfuerzo de coordinación colectiva. Alguien que pretenda honestamente el poder máximo no va a entrar en arreglos cooperativos con otras personas. Al menos, no lo hará sino como una táctica provisional, mientras no se consigue el poder completo. Por supuesto, el ideal de la completa autonomía se suele presentar como una posición en la que cada cual puede hacer lo que guste con respeto a los demás, pero esto es una ilusión. Si realmente la felicidad consiste en una autonomía completa, entonces la felicidad de un ser humano es siempre un estorbo para la felicidad de otro ser humano.

En segundo lugar, el poder completo es ‘vacío’. La libertad es la capacidad de querer algo. El poder es poder de hacer algo. Se supone que la felicidad aquí es el gozo que surge de una libertad que consigue expandirse a una mayor esfera de libertad. Es el poder ejercido para conseguir más poder. La felicidad completa sería el completo poder, el ideal de Lucifer. Un ser humano normal, sin embargo, busca poder (o dinero, que es una forma de poder) porque busca conseguir participar de algún bien: quiere contemplar la belleza, quiere compartir la amistad, quiere proteger y contribuir al desenvolvimiento de su familia, quiere conocer y comprender la verdad, quiere ser amado y respetado por otros seres humanos. El valor del poder es el valor de lo que conseguimos con él. ¿Qué valor tiene un poder cuyo valor es más poder, sin embargo? ¿Qué es lo que se consigue con él? El valor de la libertad luciferina no son bienes como el amor, la amistad, la contemplación de la belleza o el conocimiento de la verdad, sino que la mera libertad. Se trataría de un espléndido vacío. Es difícil describir qué sería vivir una vida de autonomía completa. Debería ser la experiencia de un desengaño sin límites, como caer al vacío por siempre. Posiblemente si hubiese que intentar comprender el infierno podría pensarse que una analogía iluminativa es la experiencia del poder completo, pero completamente vacío: la máxima libertad y autonomía para hacer nada.

La tesis fuerte parece, por estos motivos, falsa. La felicidad parece no consistir únicamente en la autonomía. Si la felicidad no es esto, tal vez debemos pensar en las experiencias de gozo y alegría que nos resultan familiares: las experiencias de la belleza, la contemplación de la verdad, la amistad y el amor. Hay cosas que aquí no entiendo, sin embargo. Sospecho que hay conexiones sistemáticas todavía no detectadas ni descritas y que tienen que ver con la estructura de la felicidad. Pareciese que la felicidad desaparece cada vez que se la busca directamente, pero surge naturalmente cuando nos hemos olvidado de ella. ¿Cómo es posible que alguien haya dicho esto: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.” (Mc 8, 34-35)? ¿No es esto la invitación a la infelicidad? ¿No se está invitando a desechar todas nuestras preferencias? Pero, al mismo tiempo, si esto es verdadero, ¿cómo es que lo más alto que puede hacer un ser humano en el mundo parece ser lo opuesto a lo que nos sentimos inclinados en principio, satisfacer nuestras preferencias? ¿Cómo es que lo más alto que podemos hacer con nuestras vidas es aceptar la cruz? (¡la cruz!, una tortura horrible). No tengo ninguna respuesta a todo esto. Tal vez en los años que se me concedan de vida pueda comprenderlo aunque sólo sea un poco. No sé tampoco qué cosa sea más urgente que comprender esto para un ser humano.

Categorías:Ética y política
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